viernes, 9 de diciembre de 2011

Concepto Loft. Personalidad Loft.

Concepto Loft.
Personalidad Loft.

Escrito por Juan Cruz Cúneo.

Las cosas están cambiando. Rápido y en muchas direcciones. Básicamente la dinámica de algunas familiar se está modificando, incorporando conceptos un tanto extraños y modernos. Uno de ellos es el concepto Loft del sistema familiar. Un lugar donde no hay separaciones claras ni límites definidos, donde todos los miembros del hogar se bañan juntos, los padres con los hijos, adultos con niños.
Es cada vez más frecuente escuchar a muchos padres hablar de una libertad sin cuestionamientos respecto al uso y definición de la intimidad. Inaugurando o indefiniendo espacios que producen un concepto traspolado de la arquitectura: el Loft. Un lugar donde no quedan cerrados los espacios y la separación entre un ambiente y otro es virtual y relativa. Y como todo se va mezclando, las familias han incorporado esta modalidad a su dinámica interna, con secuelas y efectos que se están diferenciando.
El concepto “Loft” es patrimonio de algunas familias donde no se delimita la privacidad e intimidad de ninguno de sus miembros. Donde se bañan todos juntos, con diferentes edades, roles y sexos. Donde los hijos entran al baño cuando los padres están dentro. Donde nadie golpea una puerta y la mayoría de las veces esta permanece abierta o no existe.
Como modalidad arquitectónica puede ser una novedad que genera amplitud ambiental. Como modalidad familiar es inevitable pensar en las consecuencias que se generan tanto en la intimidad de cada uno, como en la individualidad de las personas y en la delineación de roles y funciones. ¿Es necesario que un padre se esté bañando con su hijo de cinco años y su hija de tres, sin ninguna ropa interior?
La delimitación y definición de la intimidad de las personas es fundamental. Es la base del respeto, es la base de la separación y la individuación. De la discriminación entre el adentro y el afuera, las fronteras del mundo interior; para poder preservar las emociones y no volcar todo lo que sucede afuera. Ni viceversa. Esas separaciones, esos limites (concebidos como fronteras y no como castigos frente a la mala conducta) son absolutamente necesarios en la formación de la personalidad de los chicos para que se puedan sentar las bases claras de la persona, de sus espacios, de sus lugares, roles y funciones. Si uno pensara en la personalidad desde una visión arquitectónica, la puerta de calle es la separación con el afuera (infaltable) lo cual permite saber que uno “entra” a un lugar donde puede relajarse, soltarse, cambiar de rol, entre muchas cosas. El living-comedor es el espacio de lo social-familiar, el espacio de las visitas; a donde ingresan las personas que vienen del afuera; la cocina, lugar donde se “preparan” los asuntos, donde se “cocinan” y canalizan las necesidades básicas; luego está el cuarto como un espacio personal compartible con la pareja, ámbito de la sexualidad, del relajarse, protegido para bajar la guardia del día y poder descansar (en general más alejado de la puerta de calle, simbolizando la lejanía de lo social y del mundo exterior) y por último el baño, el lugar de la intimidad, de las necesidades más primarias, de lo más íntimo y solitario, que casi no se comparte ni siquiera con la pareja.
En el ambiente Loft y en las familias Loft todo esto se “abre”. Con las consecuencias inevitables que conllevan la apertura de estos espacios, pero mirándolo desde la personalidad y su formación. ¿Dónde quedan los impulsos más primarios de una persona si no hay límites ni definición de lugares? ¿Puede expresar lo que quiera en cualquier lado sin respetar a nadie? ¿Qué pasa con la socialización y los límites del respeto al otro? ¿Uno queda totalmente vulnerable al afuera porque no hay filtros ni separación? ¿Y los vínculos indiscriminados?
Sabemos las consecuencias de todo esto.
¿Cuántas personalidad Loft ya conocemos?

Aprender a manejar la agresividad. Un impulso natural que se debe habituar.

Aprender a manejar la agresividad.
Un impulso natural que se debe habituar.

Escrito por Juan Cruz Cúneo.

La agresividad es tan natural como la sexualidad en el ser humano. Es parte de la dualidad natural de los impulsos y la afectividad, en todas sus dimensiones que van desde el enojo o un capricho hasta el odio y la destructividad más impresionante. Un abanico enorme de posibilidad, una fuerza natural que se debe “habituar” y civilizar, no para lograr su anulación sino para poder sacarle todo su potencial.
Es inevitable pensar en la agresividad y asociarla a dolor, muerte y destrucción. Pero no es la única cara de esa moneda. La agresividad es una fuerza que, bien orientada, es constructiva y natural, que impregna de autoridad, respeto y solidez. La agresividad no es agresión, en esta última se implica una intención que es la verdadera naturalidad del daño.
Una persona agresiva es aquella que tiene la intención de agredir, lastimar o hacer sufrir. En cambio, la agresividad es esa fuerza que no depende de la intensidad sino que tiene una cualidad propia. Es un tipo de fuerza o energía con características propias y particulares. Intensa, claramente, como puede ser amar o como se suele sentir el miedo o el dolor. Con una particularidad más, no es solamente externa. La agresividad es una fuerza natural que tiene un origen interno. Lo que viene de afuera es reacción, una respuesta a estímulos externos con una base en la agresividad, pero no original.
Toda esta previa viene para aclarar las cuentas para entender la agresividad en los niños. Y corregir el camino que tantas veces tomamos, de manera equivocada. A un niño “agresivo” no se le puede responder con mayor agresividad o sometimiento, porque no va a aprender a calmarse ni se va a doblegar. Va a entender que ese es el camino que debe tomar y las cosas se pondrán más complicadas en los siguientes años. A un niño cuya agresividad está intensificada de manera natural se lo debe orientar para que pueda manejar esa fuerza intensa y no caer en las trampas de una sociedad que no sabe lidiar con estas fuerzas. Una base genética que condiciona o predispone un bagaje de opciones ligadas a lo físico que son emocionales.
Pocas veces he visto que de padres tranquilos salga un hijo con su agresividad intensificada.
La ventaja de “habituar” esta energía implica que se le de una forma, una estructura en la vida cotidiana para que esa fuerza se vaya acomodando a los hábitos y las costumbres, siga siendo intenso para no correr el riesgo de reprimir (y que acumule). El hábito hará a su hijo intenso, tiñendo su espectro de mucha fuerza y sensibilidad; sin caer en la maldad, la agresión o las reacciones complicadas.
La agresividad constructiva es una energía fundamental para darle solidez y consistencia a todos los proyectos que queramos construir. Plasma, concreta, define.
Pero se la debe “habituar”, se tiene que aprender a manejar, en lo diario, en la rutina. Con naturalidad.
Y desde chicos. Para esto, los padres tienen que tener en claro la naturaleza del ser humano, la propia, la de ellos. Porque de grandes nos olvidamos fácilmente que en aquellos tiempos éramos pequeños, y tuvimos que aprender esto también.
Y todo depende de los pañales. Un momento clave, la pieza fundamental de este aprendizaje. Del camino que vaya a tomar nuestra agresividad en relación al control, al desprendimiento, a las perdidas, hacia el otro, hacia el dinero, hacia lo material o lo emocional. Contra el cuerpo, dentro o fuera.
Si los padres supieran todas las implicancias que conlleva el proceso de abandonar los pañales lo haría, seguro, de otra manera. Lo mismo sucede con el chupete.
Y las cosas serían muy distintas, para toda la sociedad.

La capacidad para calmarse. Nadie la toma en cuenta como límite.

La capacidad para calmarse.
Nadie la toma en cuenta como límite.

Escrito por Juan Cruz Cúneo.

Hay una capacidad que se debe desarrollar y que es fundamental para todo ser humano y para toda la sociedad. Una capacidad muy necesaria y tan ausente que debería encender las alarmas porque estamos viviendo las consecuencias. La “capacidad de calma” es una capacidad que se desarrolla a partir de los padres y tiene dos vías o canales de salida, de expresión. Dos terrenos de acción, el mundo externo y la auto-calma.
Una capacidad temprana que le debería transmitir la madre al hijo cuando amamanta. Esos son los primeros rastros hasta donde se puede seguir la huella de su nacimiento. El primer punto de encuentro donde se empieza a gestar una capacidad fundamental que nos permitirá vivir de una manera, o de otra. La calma no es aguantar. La calma es estar en paz, es la presencia en el momento indicado, es decir, “estar” en el lugar cuando se “está” con alguien o haciendo algo. Es sencillo pero muchas veces difícil de lograr. Estar en plena presencia, entero, con la cabeza puesta en el lugar y las ganas y los sentimientos.
La primera huella es cuando la madre amamanta a su hijo. No puede estar haciendo veinte cosas a la vez en ese momento. Porque empieza a generar una marca en su hijo, o le transmite la ansiedad y el apuro en una función de la cual, luego, se desprenderán la alimentación, el dormir, el juego, su mundo emocional, la inquietud corporal, la ansiedad y la dispersión. Es una apuesta, con tiempo. Es la mejor inversión.
La capacidad de calma tiene un enorme potencial. Primero porque nos permite afrontar cualquier situación sin caer en la desesperación (y esto no implica vivir en estado Zen). Es respirar antes de encarar lo que sucede, es plantarse internamente y silenciar la mente por un segundo, más que suficiente. Y arrancar. Esta calma, esta capacidad focaliza y conecta, da autoridad interna y externa, aplomo, solvencia, seguridad.
Y ahora viene la parte fundamental de todo este proceso y la finalidad de este artículo. Esta capacidad se la debemos enseñar y transmitir a nuestros hijos. Para que ellos puedan manejar su mundo emocional poniéndole pausas necesarias, pudiendo calmarse cuando haga falta. Y así, esta capacidad de calma, se convierte en un límite potencial enorme, y muchas veces más efectivo que cualquier reto o penitencia.
Aclaremos los tantos. Hasta los cuatro o cinco años el niño no tiene incorporado de manera natural el concepto de límite, beneficios y castigos. Esto excluye el método tantas veces implementado por padres poco creativos que desde muy niños apelan a los premios como forma de manejar situaciones. Hasta esa edad el niño es puramente emocional y necesita aprender a manejar y orientar su mundo emocional, los jinetes del Apocalipsis. Y las riendas están en esta capacidad.
Y los padres tienen que entender que hasta los cinco años su hijo no es un insolente malcriado manipulador desobediente, sino que le pasa algo emocional que se manifiesta en conductas. Como nos pasa a todos.
Entonces, el mejor límite que se le puede poner a un niño hasta los cuatro o cinco años es la calma, la contención y no el reto ni el castigo. Porque al mundo emocional se lo contiene, se lo orienta, no se lo reprime porque así se lo intensifica y ello implica, mayor necesidad posterior de límites. En cambio, la contención lleva a la calma y de esa manera aprende a manejar lo que le pasa, entenderlo y que no vuelva a suceder de la misma manera.
La capacidad de calma, ¿la tenemos desarrollada?

Que no lo puedan decir no significa que no les pase.

Que no lo puedan decir no significa que no les pase.

Escrito por Juan Cruz Cúneo.

El lenguaje no comienza con las palabras, esto ya se sabe. Pero debemos incorporarlo a la vida cotidiana porque muchas veces estos conocimientos nos fallan y creemos que los chicos no hablan, por ende, no les pasa nada. Y después nos sorprendemos y somos nosotros los que no hemos entendido nada.
Que no lo puedan decir no significa que no les pase. Tantas veces me he encontrado explicándoles a los padres que los hijos entienden un alto nivel de lenguaje porque no solo toman las palabras que les dicen sino todo lo demás que acompaña a “lo dicho”, porque termina transmitiendo más que “lo dicho”. Un error de concepción que los limita en mucho, porque se privan de comprender que a los hijos les pueden suceder muchas cosas afectivas, emocionales, situacionales y existenciales. Porque, y despejemos la duda de una vez, las cuestiones existenciales no vienen con la vejez, empiezan en la infancia y condicionan muchísimo nuestro lugar en el mundo, nuestra capacidad de disfrute, el merecimiento, el ser queridos o ser desplazados por un hermano. Estas cuestiones les pasan a los niños desde muy temprano. Y de ello no se habla.
Es tiempo que los padres empiecen a entender que el ser humano es ser desde el principio. Parece una obviedad pero lamentablemente es una omisión más que común encontrar. A ese ser le pasan cosas, por más que no las pueda decir. Y si uno eleva un poco el nivel de conocimientos y se abre al encuentro de otras líneas de pensamiento, se sabe que hay otro nivel de registros, otro nivel de percepciones donde los niños (con menos filtros, represiones y prejuicios que el adulto) sienten de manera más pura e intensa. A ellos les llega un nivel de información que el adulto ya no toma en cuenta. Pero de esto el hijo no puede hablar. Menos si los padres lo anulan todo el tiempo.
Entendamos que a los niños les pasan cosas todo el tiempo porque, además, su ritmo de cambios y de crecimiento es enorme y muy intenso en los primeros años. Un ritmo de cambio que el adulto ya no soportaría, porque se ha acomodado, porque se ha adaptado y no tolera esa velocidad y constancia de cambios. Una dinámica fuerte, de la que los padres se olvidan. De la que sus hijos podrían hablar, o expresar, si los padres tuvieran la cabeza un poco más abierta y les dieran ese lugar.
Que no lo puedan decir no significa que no les pase. Y esto les abre a los padres una nueva forma de comunicación, un espacio distinto y más sencillo donde les pueden hablar a los hijos de todo. No pretendan una conversación de corrido porque los hijos no se comunican de esa manera, pero eso no los lleva a la incomprensión ni les resta entendimiento. Es más, a veces demasiadas palabras sobran y embarran la cancha. No es hablarles demasiado, lo mismo cuando de límites se trata. Se parte de conceptos claros, simples y limpios. Limpios de rodeos y de confusiones nuestras. Que nos creemos claros y tantas veces mezclamos las cosas.
A los chicos se les habla claro y ellos marcaran el nivel de entendimiento. No tienen miedo de preguntar, no tienen frenos a la hora de reaccionar ni de decirnos las cosas en la cara,y de manera muy directa.
Esa es la gran ventaja. Que el adulto ha perdido.
Un último aviso, lo que les pasa a nuestros niños no solo depende del afuera. Son un mundo, tienen un mundo interno. Un alma y una vida. Con sus circunstancias externas y sus pensamientos propios. Con sus sentimientos y sus vivencias.
Es un error pensar que no les pasa nada porque son niños.

El ritmo de la casa. Clave para el dormir.

El ritmo de la casa.
Clave para el dormir.

Escrito por Juan Cruz Cúneo.

Sabemos que los niños sienten desde el principio. Sabemos que el ambiente es clave y fundante para la vida de nuestro hijo en todo sentido, especialmente en el dormir. Debemos advertir que el ritmo de la casa es lo que le marca sus tiempos y sus formas, es lo que le va ajustando el reloj interno con sus períodos de actividad y de descanso. Esta es la clave del sueño, la clave para un buen dormir que se puede advertir mirando un poco lo que sucede en casa.
El ritmo de una casa está determinado por la velocidad de la casa y los tiempos que se le dan a cada cosa, lo cual tiene que ver con las pausas, los silencios, el disfrute y el descanso, lo que se valora, lo que se permite, la modalidad de cada uno, las actividades en familia. Son muchas las líneas directrices que definen el ritmo de una casa. El cual tiene que tener la identidad del hogar, pero lo ideal es que sea consciente una vez que hay hijos.
Este ritmo le enseñará a nuestro hijo una modalidad que no va a poder ver hasta muchos años después, una vez que sea casi adulto. Porque se incorpora en silencio, de manera imperceptible pero concreta y definitiva. Mucho más concreta cuanto más absorbe el niño al ambiente, cuanto más sensible sea. Esto lo lleva a reproducir las formas, a repetir sin darse cuenta el ritmo y los tiempos de la casa, y de alguno de los padres en particular.
El ritmo de la casa es clave. Y le va a condicionar los tiempos de descanso, los ritmos de sus actividades y el dormir especialmente. Debemos tener presente cuál es el ritmo en nuestra casa, especialmente de noche, cuando nos vamos a dormir. Y también cómo es nuestro dormir, sabiendo que es inevitable transmitirlo. La idea, la mejor intención sería que el niño se pudiera acoplar al ritmo encontrando también su ritmo particular, porque es niño y no adulto. Porque sino condicionamos sus tiempos internos y lo condenamos a no saber, luego, en qué tiempos hacer sus cosas.
Por otro lado, esto nos va a permitir hacerlo dormir sin problema, si sabemos cuál es el ritmo del que partimos. Respetando sus propios tiempos, respetando su propia modalidad y acompañándolo en sus formas para poder modelarlo, para poder guiarlo en la toma de consciencia de sus maneras que aún se están desarrollando. Para todo esto tenemos que tener presente el ritmo que generamos en la casa, el ritmo que generamos en el clima que habitamos y cuáles son esos tiempos.
El ritmo de la casa lo condiciona. Pero también nos puede ayudar y mucho. Porque podemos manejar el ritmo de la casa e ir disminuyéndolo para que el niño vaya bajando las revoluciones.
Debemos aprovechar el ritmo de la casa para modelar los tiempos de nuestro hijo. Marcando claramente el ritmo y las diferencias. El tiempo de actividad, el tiempo de descanso, el tiempo de esparcimiento, los tiempos de la tarea, los tiempos de la nada y del jugar. Todo esto tiene que estar delimitado no sólo por el discurso sino por el ritmo perceptible y definido. La ventaja de aprovechar el ritmo es que el niño lo va a sentir y eso afecta directamente al cuerpo y a sus sensaciones.
El día se va cerrando, en la casa las actividades tienen que ir disminuyendo en intensidad y en velocidad. Por más que los padres trabajen, no puede sentirse que son las tres de la tarde si ya es de noche y hay que cerrar el día. Los padres son el modelo y el ejemplo, son las líneas directrices de la casa y ellos marcan con sus cosas y sus tiempos, el ritmo que se va viviendo. Tienen que ir enlenteciendo las actividades, bajando las revoluciones, disminuyendo las intensidades y las excitaciones, poco a poco, gradualmente.
El niño siente y se va calmando. No funciona hacerlo saltar y gritar en la cama para que luego se vaya a dormir. No puede ser que todos se van tranquilizando luego de cenar y se desatan las peleas antes de ir a dormir, donde todo se vuelve a encender y todo se acelera. Esto altera sobremanera la posibilidad de hacerlo dormir y que descanse bien. Tampoco sirve hacer que el niño se vaya a dormir para que uno pueda trabajar tranquilo, creer que eso se puede es ser un poco inocente y obsoletos al momento de lograrlo dormir.
El ritmo de la casa tiene que ir moldeando el tiempo de los integrantes, así el niño va aprendiendo cuáles son los tiempos, y los momentos para cada cosa.
El ritmo de la casa lo condiciona.
No sólo para el dormir y el descanso.

El dormir. Es natural, no aprendido.

El dormir.
Es natural, no aprendido.

Escrito por Juan Cruz Cúneo.

El dormir debería ser un hecho natural y no un producto del aprendizaje, ya que el cuerpo y la mente necesitan descansar, recuperarse, tiempo para volver a regenerarse aún a nivel neuronal y poder metabolizar toda la información adquirida durante el día. Es una función natural del cuerpo, pero se puede arruinar con lo mal-aprendido, en este caso, mal enseñado o deformado por la enseñanza autoritaria de ciertos ritmos que no son los personales.
El niño debe ir conociendo sus ritmos y sus tiempos de descanso y de actividad. Así como el adulto llega a comprender que funciona mejor de noche o de día; los padres deberían acompañarlo y guiarlo en este proceso. El único aprendizaje respecto al dormir que se debería adquirir, lo demás es natural.
Entonces, como padres nuestra tarea fundamental respecto del dormir y del descansar es acompañarlos y ayudarlos a entender cuál es el ritmo de ellos, para que puedan ir entendiendo y le puedan sacar el provecho que corresponde para poder realizar de la mejor manera sus actividades. Si le queremos inculcar una forma teórica corremos el riesgo de desnaturalizar la función del dormir y desde allí desacompasar sus formas y complicar el proceso. Con esto no lograremos que el niño se vaya a dormir con ganas y pueda aprovechar las virtudes del buen dormir.
El niño sabe que hay un ritmo en la casa. Tal vez son los padres los que no lo tienen muy en cuenta, ya que intentan formas que no son las que se adecuan bien y se esfuerzan a lograr un esquema que termina siendo rígido y obsoleto. Un esquema que pone en riesgo todo el equilibrio del dormir y del sueño, tanto en los chicos como en los padres, porque se tienen que quedar a dormir en camas que no son las suyas, o los chicos luego se pasan en la mitad de la noche. O se dan las peleas constantes para que se vaya a dormir con lo cual se va de mala gana, o enojado o angustiado porque se acaba de pelear con la madre. No tiene sentido y no es natural que un hijo se vaya a dormir en penitencia, enojado o angustiado porque se acaba de producir una pelea por el dormir. Esos son estados antinaturales y no colaboran en ninguna parte con el proceso. Lo desnaturaliza.
El niño como el padre se tiene que ir a dormir sabiendo cuál es el sentido. Lo aprendido puede jugar en contra si no es natural. Lo aprendido puede ser artificial y se dará cuenta de más grande, posiblemente ya sea tarde, porque ha perdido su ritmo natural.
Algunos pueden pensar que entonces hay que dejarlo que duerma poco o nada. Esa no es una realidad lógica ya que sabemos que el niño necesita dormir, necesita procesar lo vivido durante el día. Y además, es una actividad sumamente placentera con lo cual si así la vivencia él también va a querer irse a dormir.
Si lo aprendido es una lucha, una pelea y siempre perdida, el niño no va a querer irse a dormir por sí mismo; porque sabe lo que implica, ya sabe lo que pasa, ya aprendió de la casa los hábitos y costumbres, los gritos de la madreo los retos del padre por esta cuestión. Tenemos que tener muy en cuenta qué le estamos enseñando para que después no podamos quejarnos de lo que han aprendido. Si los padres siguen trabajando y no tienen tiempos de descanso ni saben irse a dormir, no pueden exigir que el niño haga lo contrario. Si los padres no son educados en sus formas y hábitos no pueden esperar todo lo contrario, porque no hay quién se lo enseñe ni explique.
Lo natural debe ser respetado si no queremos hacer de esto un problema artificial, un problema adquirido.
Debemos tener en cuenta qué le estamos enseñando, qué queremos que aprendan y cómo se lo estamos transmitiendo. Partimos del mismo punto, un punto de encuentro entre lo que pretendemos y lo que esperamos, entre lo que damos y lo que recibimos. Un punto donde el niño tiene un ritmo natural, propio y adquirido con el tiempo y con lo vivido. Entonces, no le enseñemos algo totalmente distinto.
Pensemos cómo dormimos de adultos y podremos entender qué tan lejos estamos de lo que enseñamos.
Y de lo que ellos están aprendiendo.

Se apaga la luz, se apaga el mundo.

Se apaga la luz, se apaga el mundo.

Escrito por Juan Cruz Cúneo.

El problema del dormir en los niños radica en que hacen todos los intentos posibles por no apagar el mundo. Lo que el adulto quisiera, que desapareciera todo por un par de horas, al niño lo aterra y por eso no se quiere ir a dormir. Una cuestión que es directriz de la posibilidad de descansar y de la capacidad de disfrute, se vuelve por otra cuestión un problema para toda la familia. Y la respuesta es muy sencilla, pero está a la vuelta de la esquina.
Los niños, en un determinado momento, no se quieren ir a dormir. Ya no son bebés que se duermen por el hábito vinculado a la alimentación y tampoco son lo suficientemente grandes como para entender que se apaga, solamente, la luz. Para ellos el mundo desaparece y no saben si todo estará allí al despertar, en el mismo lugar donde lo dejaron. Por eso hacen todo lo posible para resistirse al dormir, aunque se mueren de sueño. Este problema surge a una determinada edad, muy temprano y no nos tiene que asustar ni preocupar, simplemente hay que entenderlo y ponernos en su lugar, para poder actuar de la mejor manera. La más efectiva.
Al adulto le pasa todo lo contrario, no sabe qué hacer para apagar el mundo por un rato y poder olvidarse de todo. Este es el escombro con el que nos encontramos cuando queremos que entiendan lo que le está sucediendo a su hijo. Para el adulto desconectarse del mundo sería un alivio, para el niño desconectarse es perderlo, es pensar que desaparece en serio y que no lo podrá recuperar. Por más que lo queremos, por más que se lo decimos y se lo explicamos; si no nos ponemos de su lado, no lo podemos dimensionar.
Hay que tener muy en cuenta que palabras usamos, qué mensaje le estamos dando cuando los llevamos a dormir. Lo primero y más evidenciable es que nos despedimos con un “adiós” y “hasta mañana”. Es claro el mensaje que le damos y después pretendemos que no lo viva así. Hay muchas otras maneras de decir lo mismo, sin que sea despedirnos ni remarcar la separación ni la perdida. No hace falta marcar tanto la separación para cerrar el día. Después se nos complica, de adultos, el dormir y no entendemos las razones. Es crucial pensar cómo queremos cerrar el día para poder, desde allí, transmitir el mejor mensaje y el sentido del dormir.
Se apaga la luz, se apaga el mundo para los chicos. Y no es sencillo vivir con esa idea, todos los días. ¿Acaso no se preguntaron nunca por qué cuando llega la hora de dormir los chicos se desvelan y se activan? No quieren irse a dormir, no quieren perder todo lo que han ganado en el día y, mucho menos, quieren perder a los padres en esta etapa.
Esta problemática se activa más cuando el niño empieza a atravesar la época de las primeras separaciones o alguna perdida. Para ellos, en un pensamiento aún concreto que empieza a fantasear y proyectar, las cosas se dan de una manera palpable. Y si el mundo se va, se va en serio. Lo perdieron. No tienen nada de lo que tenían durante el día. Eso es angustiante, es desolador, es atemorizante y les preocupa mucho. Por eso la alternativa para ellos es la luz prendida, no sólo por orientación sino que les anula la pérdida del mundo. Desde allí se sientan las bases para el miedo a la oscuridad, por las cuestiones que se fantasean en torno a las perdidas, en ese gran telón negro.
Entendamos que apagar el mundo es que pierdan todo, incluso su mismidad. Y en esta etapa que están tratando de reforzar su identidad en pleno desarrollo esto también es un escombro para poder irse a dormir tranquilo. Y esto se identifica con el dormir de la noche y no con el de la siesta porque no se apaga el mundo, porque no queda todo oscuro. Y eso lo vemos en esos intentos que hacen para no dormir, tratando de abrir los ojos cuando ya no dan más. En la siesta todo está encendido, a la noche la casa se va a dormir cuando empiezan a percibir que se apaga la luz o que se cierra la puerta de su cuarto.
Pero, lamentablemente para ellos, tienen que atravesar ese proceso y entender que eso no sucede. Porque si se lo negamos les evitamos el mal tramo pero también los imposibilitamos a elaborar y empezar a prepararse para las perdidas y las ausencias. Y eso no es nada positivo. Tienen que ir aprendiendo a elaborar y a manejar sus pensamientos, entendiendo la diferencia entre realidad y fantasía interna; entre la ausencia, la perdida y el abandono. Si no serán como tantos adultos que aún a los cuarenta no aprendieron la diferencia y así están.
La manera es garantizarles la presencia, desde la ausencia y que sientan la fuerza del vínculo y el afecto y amor que les tenemos, pero dentro de ellos. A eso se le llama “constancia objetal”, es esa sensación palpable de que todos los de uno están dentro. Y eso le permite transitar los tiempos oscuros de la ausencia contando con él mismo y sabiendo que los seres queridos están siempre cerca.
Se apaga la luz y se apaga el mundo. Pero eso no significa que están solos. Esa es la gran diferencia. Ese es el mensaje que no siempre les llega y que debemos clarificar. Y ubicar al dormir como una función más, tan vital como el alimentarse, para aprender a disfrutar, para aprender a recuperarse, para entender el ritmo propio de actividad y descanso. El dormir no puede ser un castigo. Jamás debe ser usado para eso, si después pretendemos que se vaya a dormir contento y tranquilo.
Dormir es abrir la puerta a un mundo de sueños. Ellos deben entender eso.
Y nosotros también.